Foto: Revista Contrafuerte

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-¿Y por qué haces que sus personajes confluyan en Juan Fernández?

-Porque es un archipiélago muy cargado simbólicamente. Primero, Robinson Crusoe es una isla extremadamente literaria, lo cual la entronca con la gran tradición de la novela de aventuras: es la isla de Robinson, pero también la isla del tesoro. Segundo, son las islas que van quedando, al margen de todos los circuitos turísticos y comerciales. Islas del Pacífico Sur, remotas, desconocidas y profundamente poéticas. Por último, son, en mi visión, una metáfora de Chile, que es una isla, un lugar lejano, para estos personajes, errantes por definición, que lo miran desde Barcelona. Una isla perdida del fin del mundo. Yo nunca he estado en Juan Fernández. Todo lo escribí hablando con gente que ha vivido mucho tiempo allá y conoce bien la isla.

-¿No te dieron ganas de viajar estando más cerca?

-Por supuesto, pero de alguna manera preferiría no hacerlo. Aún tengo muchas ganas de ir, sobre todo ahora que publiqué la novela, pero durante el período de escritura privilegié la imaginación, la reconstitución en base a datos fidedignos, de todo tipo de documentos, incluyendo libros imprescindibles. Imaginar esas islas que van quedando era un ejercicio mucho más literario que ir y dar cuenta de una experiencia ya vivida.

Entrevista “Las islas que van quedando”

El autor Mauricio Electorat regresa con una posmoderna “novela dentro de la novela”, en la que personajes de vida errante confluyen en este archipiélago del Pacífico Sur buscando su lugar en el mundo. Stendhal, Céline, Bolaño aparecen, de una forma u otra, en Las islas que van quedando (Premio Consejo del Libro 2008).

Por Pedro Pablo Guerrero

“Si hubieses venido hace seis meses, habrías visto los planos de la novela pegados acá con chinches”, comenta Mauricio Electorat, indicando los bordes de las repisas sobre las que descansan, en orden casi perfecto, libros en francés de Sartre, Modiano, Echenoz y otras vigas maestras de su biblioteca personal. Con “planos”, Electorat se refiere al esquema manuscrito de Las islas que van quedando , la novela que aparece cinco años después de La burla del tiempo y la “tormenta mediática” -así la llama- que desató, en 2004, el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral.

“Sin duda fue una gran alegría ganar un premio así, pero también un gran desorden, un año perdido”, recuerda el escritor, quien decidió volver a Chile en 2005, tras vivir 25 años en Europa; los últimos dieciocho en París.

-¿Cómo ha sido el regreso?

-Volver a enraizarte, si se puede usar esa palabra, hace que el tiempo pase muy rápido. Una cosa es la percepción que uno tiene del país y sus cambios cuando viene una vez al año, pero otra es enfrentarlos en la vida cotidiana. Yo nunca había trabajado en Chile. Lo había hecho en España y Francia, y la convivencia, sin duda, es distinta. Han sido ciertamente años de aprendizaje. Los códigos sociales ya no son los mismos, pero uno tampoco es el mismo. Cuando me fui el 81, acababa de cumplir 21 años, y era, como dice García Márquez, joven, feliz e indocumentado. Volví con 45 años. Entremedio me casé, tuve hijos, me separé, me volví a casar, escribí libros, trabajé. He pasado la mitad de mi vida afuera.

-¿Qué has hecho estos últimos años?

-Cosas que no había hecho nunca, como dar clases en la universidad, que ha sido una experiencia enriquecedora, y también he dictado talleres, algo que todos los escritores chilenos habían hecho, salvo yo. He escrito algunos cuentos y esta novela, que es una obra rara en mi producción. Las islas que van quedando no estaba prevista, y de pronto apareció como una especie de visión poética, casi una fulguración.

-¿Surgió a partir de algún viaje, lectura o encuentro?

-Debo decir de antemano que soy un cuentista frustrado. La mayoría de los cuentos que he escrito se han convertido en novelas, aunque no las he publicado todas. Con Las islas… pasó lo que pasó con El Paraíso tres veces al día y con La burla del tiempo . Me pidieron un cuento para una revista, y tenía un pequeño texto escrito a mano en un cuaderno; un esbozo que hice la Navidad de 1999 en Barcelona. Lo retomé con la intención de hacer un relato y me di cuenta de que había ido muy por encima de la cantidad de páginas que se requerían. Aparecieron mis años de formación en la Barcelona de los ochenta, una serie de personajes absolutamente ficticios y una idea que me sedujo desde el comienzo: hacer una novela dentro de la novela.

-¿Un relato enmarcado?

-Exacto. Asumir la novela de otro. En realidad Las islas… no es mi novela; es la novela del escritor argentino Julián Soler, que sus amigos llaman Julián Sorel, haciendo un juego de palabras con el nombre del protagonista de Rojo y negro , de Stendhal. A partir de ahí se armó la novela. Me tomó un año y medio escribirla. Más demoré en corregir. No sé cómo va a ser recibida, la verdad, pero voy a decir un lugar común del porte de una casa: me entretuve mucho escribiéndola, y espero que eso se note.

-Soler o Sorel es un escritor latinoamericano que vive en Barcelona y muere cuando le está yendo mejor que nunca. Deja una serie de inéditos y anuncia un ciclo de novelas que no alcanza a terminar. Además, está casado y tiene una amante que conocen sus mejores amigos. No hay que ser muy astuto para sospechar que detrás está Bolaño.

-Bueno, sí, está pero no está. Quiero decir que no es la novela de Bolaño. Julián Soler no es Bolaño, que ahora se ha transformado en un mito. Obviamente, su sombra es alargadísima. Tanto por su temática como por su estilo y la manera en que abordó la literatura, hay pocos escritores hispanoamericanos que no se topen alguna vez con él. Yo no tuve en ningún momento la idea de hacer de Julián Soler un trasunto de Bolaño. Ni mucho menos la relación del protagonista, Boris, con su amigo Soler es un trasunto de una relación mía con Bolaño. De hecho, el arranque de la novela, con la escena del funeral del escritor, estaba escrito mucho antes de su muerte en 2003. Es del 99. O sea, cuando Bolaño estaba en plena ascensión.

-Igual es interesante, a nivel simbólico, partir con la muerte de un escritor así de famoso y ver qué pasa con los escritores latinoamericanos menos famosos que lo sobreviven.

-No voy a descartar esa lectura, pero no es esa mi intención. Lo que sí hay, y la muerte de Bolaño obviamente se vincula con esto, es la manera como la obra permanece, circula y es recibida después de la muerte del autor. En este caso es una novela secreta, un manuscrito que nadie conoce, salvo un poeta que está muy lejos de la vida literaria. En vez de 2666 o cualquier obra póstuma que la voracidad editorial exhibe hasta en sus mínimos manuscritos y apuntes, ésta es una novela absolutamente inédita.

-¿Y por qué haces que sus personajes confluyan en Juan Fernández?

-Porque es un archipiélago muy cargado simbólicamente. Primero, Robinson Crusoe es una isla extremadamente literaria, lo cual la entronca con la gran tradición de la novela de aventuras: es la isla de Robinson, pero también la isla del tesoro. Segundo, son las islas que van quedando, al margen de todos los circuitos turísticos y comerciales. Islas del Pacífico Sur, remotas, desconocidas y profundamente poéticas. Por último, son, en mi visión, una metáfora de Chile, que es una isla, un lugar lejano, para estos personajes, errantes por definición, que lo miran desde Barcelona. Una isla perdida del fin del mundo. Yo nunca he estado en Juan Fernández. Todo lo escribí hablando con gente que ha vivido mucho tiempo allá y conoce bien la isla.

-¿No te dieron ganas de viajar estando más cerca?

-Por supuesto, pero de alguna manera preferiría no hacerlo. Aún tengo muchas ganas de ir, sobre todo ahora que publiqué la novela, pero durante el período de escritura privilegié la imaginación, la reconstitución en base a datos fidedignos, de todo tipo de documentos, incluyendo libros imprescindibles. Imaginar esas islas que van quedando era un ejercicio mucho más literario que ir y dar cuenta de una experiencia ya vivida.

-Declaraste que “La burla…” era la novela del Purgatorio. ¿Ésta es la del Paraíso?

-Es probable. De cierto modo está inscrita en ella la búsqueda de una tierra prometida, a lo mejor no de “la” tierra prometida, pero sí de un lugar en el mundo que justifique y les dé algún sentido a vidas que, en último término, no tienen demasiado sentido.

-“Personajes sin raíces, pero con infinidad de historias… pequeñas tramas que se cruzan, de personajes que sufren sin saberlo y huyen y se reencuentran en lugares improbables”. Así describes las películas que hace un personaje de la novela. ¿Es la imagen que tienes de tu trabajo?

-Sí, y es la imagen que tengo de lo que me gustaría hacer y de cómo me gustaría que mis novelas fuesen leídas. Sobre todo ésta. Personajes errantes, nómades, con un sufrimiento un poco sordo, que no dice su nombre, que van y vienen, deambulan, viven y lentamente agonizan. No hay una idea ni de destino ni de predeterminación. Tampoco condicionamientos metafísicos, éticos o ideológicos de ninguna clase. Están allí sencillamente, como estamos todos, yo creo.

-Un funeral desencadena la acción en “La burla del tiempo” y en “Las islas…”. ¿Qué pasa con la muerte en tus libros?

-Es uno de los grandes temas de la literatura, ¿no? En Las islas… están los temas eternos: la muerte, el amor, el sexo, el erotismo, la creación y el arte. Sin duda que hay en mis tres novelas un deambular en torno a la muerte. El Paraíso… era una parodia de novela policial, así que imagínate. Sospecho que la presencia de la muerte se relaciona con el hecho de que provengo de la poesía y el gran tema de la poesía es la muerte. De adolescente, me acerqué a la poesía francesa y luego, estudiando filología en Barcelona, a la gran poesía española de los siglos de oro, que me impactó profundamente y me dio la noción de esta red de redes que es la literatura.

-¿Cómo surge este narrador cómplice que interpela constantemente al lector?

-En esta novela es un préstamo de Stendhal, claramente. Las islas… es, al mismo tiempo, una novela de amor, una novela romántica y una parodia de las novelitas románticas. El narrador stendhaliano es muy moderno, o muy posmoderno, en el sentido de que acostumbra a darles la espalda a sus personajes y dirigirse al lector directamente. Sobre todo en Rojo y negro . En algún capítulo dice que Julián lo aburre y cambia de tema. No hay que olvidar que Stendhal era un escritor oral; él iba a la imprenta y dictaba sus novelas, porque nadie podía entender sus manuscritos. Ni él mismo. Ese tipo de narrador me gusta mucho. En este mismo sentido, Céline es el gran escritor del siglo XX en Francia, porque recupera el lenguaje hablado. El narrador celiniano está permanentemente dirigiéndose al lector, lo implica, lo introduce en la novela, lo involucra.

-Una manera también de recordarle que está leyendo una ficción.

-Por supuesto, una forma cervantina de mostrar la mecánica del relato, su arquitectura. Flaubert decía: “El escritor es como Dios, que está en todas partes, pero no se ve en ninguna”. Esto es lo contrario: la novela que muestra su andamiaje.

-Haciendo una analogía con el cine, “Las islas…” está más cerca de Godard que de John Huston.

-Sin duda. En ese sentido, es una novela posmoderna. Ideológica y estructuralmente. Reflexiona sobre la novela, porque los personajes son escritores. Hay toda una indagación en torno a la posibilidad de la novela y, en definitiva, al estatuto de la ficción. La idea de fondo, aunque no lo planeé así, es que la ficción engendra la realidad, y no al revés. A Boris le empiezan a pasar en su vida muchas de las cosas que ocurren en la novela de su amigo.

-Es una obra muy distinta a las que conocen tus lectores, acostumbrados a libros más contingentes.

-Sí. Es muy probable que la gente se extrañe con esta novela, pues esperaba, tal vez, una ficción política o al menos donde la política surge como telón de fondo. Aquí esa realidad está tocada de una manera muy tangencial. La novela que estoy escribiendo ahora sí es una ficción política y es a la vez una novela policial. Con ella voy a reanudar mi trabajo en la novela negra, que es uno de mis géneros favoritos.

Las islas que van quedando

Alfaguara, Santiago, 2009, 406 páginas,

$ 14.900.

NOVELA

El joven que corregía novelas de amor

-En la novela se muestran las bambalinas del mundo de la novela romántica popular. ¿Trabajaste en él?

-Por supuesto. Uno de los tantos trabajos que hice en Barcelona fue el de corrector de estilo de novelitas románticas. No de las novelas “Jazmín”, porque creo que en esa época ni existían, pero eran más o menos lo mismo, son todas iguales. En realidad, mi trabajo era el de corrector de pruebas: quitaba las erratas y las repeticiones. Como todas esas novelas eran traducidas del inglés y, obviamente, los traductores eran muy mal pagados, no se detenían ni cinco minutos a releer lo que habían traducido. Muchas veces faltaban páginas y hasta un capítulo entero, o había contradicciones, de manera que el corrector de pruebas, o sea yo, que era la última pieza en esa cadena de producción industrial, tenía que volver a traducir o incluso, a veces, cuando no tenía el original, inventar un puente para que no quedaran situaciones incongruenciastes. Era un trabajo muy entretenido y relativamente bien pagado

-¿Dirías que fue una escuela

-Sin duda. Todo sirve. Creo que uYo creo que un escritor se hace con todos los materiales que da la vida. Fue un entrenamiento. Yo en esa época no escribía narrativa ni tenía la menor intención de hacerlo. Con el tiempo, me pareció una situación muy explotable desde el punto de vista literario. Un trabajo que, como dice en la novela el editor Paco de la Paz, aasegurasegura la felicida la felicidad deld del ama ama  de casa, dede la criadasirvienta abnegada y dede  la melancólica trabajadora sexual.

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